Mi experiencia con EMDR y Neurofeedback

Mi experiencia con EMDR y Neurofeedback

EMDR y Neurofeedback: terapias beneficiosas 

Como sujeto que ha practicado con asiduidad EMDR y Neurofeedbak, quisiera compartir mi punto de vista, desde luego profano, sobre ambas terapias.

Las dos me han resultado beneficiosas, cada una a su manera, pero aprecio entre ellas diferencias significativas, muy perceptibles para mí. Ambas provocan efectos secundarios –algunos de lo más peregrino- colaterales con su finalidad terapéutica, es decir, con las consecuencias deseables que se persiguen con su práctica. A su modo, las dos son, además de eficaces, emocionalmente dolorosas, porque tienen mucho que decir, proporcionan valiosa información al terapeuta y al sorprendido y pasmado paciente y constituyen una buena fuente de conocimiento de uno mismo y de descubrimiento, asunción y resolución de conflictos emocionales.

EMDR: redescubrir tu vida bajo una nueva luz

En mi experiencia y como ya sabemos, el EMDR produce “repeticiones” de vida, en 3D, podríamos decir actualmente y con derroche de detalles. Lo que me resultó más significativo fue que esos fragmentos de vida iban acompañados de las emociones que en su momento experimenté cuando las viví en modo real por primera vez. Y sin embargo, lo realmente llamativo y fascinante no fue eso, sino descubrir, con sorpresa, que en esas escenas EMDR existían emociones y sentimientos, que en el incidente real, ahora revisitado, no aprecié y no sentí: tal vez estuvieron siempre ahí, pero encubiertas, ya de forma involuntaria, ya porque no quise percibirlas por su dureza o por el dolor que comportaban; es decir, porque las escondí. El EMDR te las devuelve en todo su horrible esplendor. En efecto, redescubre momentos puntuales de tu vida que empiezas a sospechar no son casuales ni autónomos sino que te remiten a un centro común, como soplar las diferentes aspas de un molinete infantil y comprender que todas están unidas y se mueven desde un eje central, hacia el que te dirigen.

En mi primera vez de EMDR, temprano por la tarde, no ocurrió nada y siguió sin ocurrir nada hasta que llegó la noche: imposible dormir por la sesión continua de grupos de tres o cuatro fragmentos seguidos de secuencias, que la supuesta ineficaz práctica de la tarde me estaba obsequiando. Duró también las primeras horas de la mañana y valga la expresión “Allí fue Troya”, por las lloreras, el dolor, la falta de descanso y la sorpresa por lo ocurrido; no olvidemos la sorpresa. Con la práctica se gestiona mejor el dolor por la revisión de tal o cual momento de tu vida: menos lloros, más fortaleza y aumento de la curiosidad, a menudo dolor de estómago en la consulta que desaparece, ya en la calle, pasados unos quince minutos.

Casi te parece haber llegado a una entente cordiale con el EMDR. Por supuesto, seguirá haciendo lo que le venga en gana y cuando quiera, casi siempre con resultados positivos, es decir, revisitando tu vida con imágenes de mayor o menor relevancia y en sesiones más largas o más cortas. Se sobrelleva muy bien en la vida cotidiana. Y es fundamental redescubrir tu vida bajo una nueva luz. Y aprendes.

Neurofeedback es una de las experiencias más interesantes, fascinantes, sorprendentes y productivas que he vivido en terapia

Al lado  EMDR, Neurofeedback podría decir que “no es lo mismo pero es igual”. Eso si te funciona: una compañera de fatigas lo practicaba sin resultado alguno. Neurofeedback presenta una de las mayores contradicciones que he vivido en terapia: muy placentero y entretenido, incluso relajante en consulta y demoledor y muy doloroso en su trabajo en tu mente. Además, es el rey de los efectos secundarios. Nadie se asuste. A mi parecer es una terapia muy poderosa, que exige mucho pero da mucho: como debería ser en la vida, aquí la recompensa es proporcional al sacrificio y esfuerzo realizados. Vale la pena. Y para mí fue una de las experiencias más interesantes, fascinantes, sorprendentes y productivas que he vivido en terapia. Y más que nunca comprendí qué desconocido, qué magnífico y fuerte es nuestro cerebro… y cómo se las gasta. Volviendo, y me disculpo, al juguete infantil, esta terapia no se dirige a las aspas del molinete: va derechita al eje central y desde allí las mueve a su antojo y conveniencia.

Mis sesiones de Neurofeedback tuvieron tres variantes. En todas ellas se incluyen unos electrodos que se adhieren a determinadas zonas de tu cabeza, como a su modo se hace en un electrocardiograma. Registran las ondas cerebrales que el terapeuta observa en su ordenador.

  • En la primera modalidad de Neurofeedback, sentada en mi silla, miré fijamente en otro ordenador una nave espacial que avanzaba dentro de una gran caverna hasta llegar a la salida. Solo eso: mirarla fijamente con una banda sonora fea, la verdad y repetitiva. Cuando terminó la sesión y quise levantarme, no pude hacerlo. Estás leyendo bien. Trataba de impulsar mi cuerpo hacia arriba apoyándome en la mesa y mi cuerpo no obedecía la orden. El terapeuta decía que era normal y que bastaba con esperar unos momentos. Los días siguientes y durante un tiempo pude experimentar otros efectos secundarios, como falta de apetito, irregularidad en el sueño, falta de concentración en el trabajo y trastornos intestinales variados que por respeto al lector voy a obviar. Y yo solo había estado mirando una nave espacial en su recorrido por una gruta.
  • En la segunda modalidad de Neurofeedback  te proyectan una película, una normal, tipo todos los públicos: mi terapeuta no tiene mal gusto en cine y te da a elegir cuál quieres ver. Nada de palomitas ni charla. Te piden que atiendas rigurosamente a la pantalla del ordenador. De vez en cuando, a la imagen de la película se superponen otros elementos extraños durante unos segundos, como puntitos negros, lunares de colores, el sonido sube y baja, etc. Intenté encontrarles una pauta, pero no lo conseguí. Los ignoraba y seguía centrada en la película.
  • En la tercera modalidad de Neurofeedback, la última para mí hasta ahora, cómodamente recostada en un sillón, en penumbra, con los ojos cerrados y unos cascos puestos, oyes lo que yo identifiqué como una inmensa ola marina que desde la lejanía va acercándose hasta romper con estrépito en la playa en mil espumas. Y otra vez. Y otra. Y otra. Es maravilloso, relajante, casi te duermes, sales como nueva. En esta fase puede ocurrir lo que los terapeutas llaman alfa-zeta, por las ondas cerebrales de ese nombre que ellos ven en su ordenador. En algún momento me explicaron lo que era el alfa-zeta y qué significaba, pero jamás me preocupé de ello y lo he olvidado. Está guardado por ahí en alguna parte de mi mente junto a otros misterios como los agujeros negros, el zen y la verdadera identidad de Jack El Destripador. Parece que es deseable que se produzcan pero yo jamás me preocupé de ellas, solo escuchaba la ola.

Y no pasaba nada. Transcurría el tiempo, las sesiones se sucedían y no pasaba nada. Nada de nada. Y de pronto un día, “por casualidad” se te ocurre que has estado viviendo en un mundo especialmente intenso, como si lo hubieran amplificado y graduado al máximo, como si sintieras tu vida y tus relaciones magnificadas, sin filtro alguno, sin defensa, sin escudo que te proteja y las atenúe un poco. Puedes sentirte morir de felicidad en una simple cena con tus amigos de siempre; si tu pareja te desilusiona, lo de Romeo y Julieta te parecerá una pataleta de jovenzuelos al lado de la desolación y el dolor que tú vas a sentir. Y todo así, intensificado, como si tuvieras la piel más fina y permeable. El arma de doble filo del Neurofeedback está actuando y seguirá haciéndolo aunque las sesiones ya se hayan terminado, en mi caso unos veinte días más.

Y cualquiera se preguntará por qué entonces hacer esta terapia. El sentido de todo lo proporcionan las entrevistas con tu terapeuta, que con sus preguntas te ayudará sin duda a entender qué estás experimentando, qué sentido tiene lo que está ocurriendo en tu vida y te conducirá hasta alcanzar la comprensión que tú mismo descubrirás. Al menos, es mi caso: yo no entiendo mis Neurofeedbacks hasta que los comento con mi terapeuta.

Y un día se acaba el dolor y vuelves al modo estándar, sea cual sea el tuyo, pero no como el que eras antes: sientes, como siempre lo has hecho, alegría, ira, indiferencia, simpatía, curiosidad y demás, pero ya a intensidad manejable. Y llegan los beneficios:

  • mayor fortaleza ante la adversidad y el dolor,
  • más recursos ante los problemas,
  • mejor reflexión sobre ti y tu vida,
  • mejora en el comportamiento cotidiano,
  • mejor comprensión de los demás…

De pronto descubres que te han reforzado y blindado y que estás preparado para situaciones que antes te desbordaban. Recuerdo con una sonrisa que a mi terapeuta lo primero que le dije es que me parecía que me había vuelto más inteligente. Bueno, la sorpresa y el humor tienen también su lugar en la consulta de un terapeuta. Y en la vida.

Isabel

Paciente de MIMAPA – Centro de Psiquiatría y Psicología

Deje una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *