“No soporto las injusticias”. “No tolero la traición”.
“No consigo tener una relación de pareja”.
“Estoy harta de dar, de cuidar de los demás y cuando yo lo necesito, no hay nadie para mí”.
“Siento que no valgo, que no soy suficiente”.
“Siento un vacío muy grande, nada lo llena, nada me satisface”.
“No entiendo por qué estoy triste, no me falta de nada”.
“Siempre estoy con ansiedad, no lo entiendo”.
“Estoy siempre cansada, me levanto ya así…y con ansiedad. Por la noche es mi mejor momento”.
Y, cuando comenzamos a explorar: “No me digas que todo viene de atrás, de la infancia…porque tuve una infancia muy feliz. Mis padres me querían mucho. No eran de demostrarlo, pero yo lo sabía. Trabajaban mucho. Siempre me dieron lo que necesitaba…no me faltó de nada”.
Y, sin embargo…algo no encaja.
Lo evidente es lo objetivable. Lo visible. Está en el orden de la conducta. Es lo que se dice, lo que se hace o lo que no se hace. Es el qué. Es aquello que puede ser narrado con cierta facilidad, aquello de lo que hay testigos, aquello que otros pueden ver y validar. Lo evidente suele tener un carácter más delimitado en el tiempo. Aparece como evento.
Lo sutil, sin embargo, se mueve en otro plano. Es difícilmente objetivable. Es subjetivo. Invisible. Está en el orden de lo relacional. No es tanto el qué…sino el cómo. Cómo se dice. Cómo se hace. Cómo se está. Es aquello de lo que cuesta hablar, no porque no exista, sino porque no hay palabras. Porque no hay referencias. Porque no hay testigos.
Lo sutil no es un evento.
Es un goteo.
Un goteo constante, sostenido en el tiempo, que acaba configurando una manera de sentirse, de pensarse, de estar en el mundo. Un goteo que muchas veces pasa desapercibido incluso para quien lo vive, porque forma parte de su normalidad. Como señalaba Donald Winnicott, no es solo lo que el entorno hace, sino cómo está…y, sobre todo, aquello que no ocurre cuando debería ocurrir, lo que va dando forma al self.
Porque, en muchas ocasiones, lo que marca no es tanto lo que pasó…como lo que faltó.
Lo sutil incluye esas “etiquetas trampa”: niña buena, responsable, madura…etiquetas que, en apariencia, son positivas, pero que muchas veces encierran expectativas y proyecciones que el niño asume sin cuestionar. Incluye silencios, ausencias, miradas, tonos…respuestas que no llegan o que llegan cuando no corresponden.
Cuando recordamos nuestra historia, lo fácil es acudir a lo evidente. A los hechos. A los eventos. Lo sutil pasa desapercibido. Y si no encaja con lo evidente, se descarta. Se minimiza. Se niega. Porque genera confusión. Porque no tiene forma clara.
A veces, incluso, se interpreta como algo positivo.
Y, sin embargo, es ahí donde muchas veces se ha ido esculpiendo la identidad.
En otras ocasiones, lo evidente es contradictorio. Puede haber dureza en algunos momentos y cercanía en otros. Puede haber crítica y, a la vez, muestras de afecto. Esta inconsistencia genera una profunda confusión que, con frecuencia, el niño resuelve de una manera muy concreta: atribuyéndose la responsabilidad.
Si me tratan así…será por algo.
Si cambia…es porque yo he hecho algo bien o mal.
Y así se va construyendo una narrativa interna. Una forma de explicarse el mundo y de explicarse a sí mismo. Como describía John Bowlby, el niño necesita construir una coherencia interna sobre su experiencia relacional, incluso cuando el entorno es inconsistente. Y muchas veces, para poder mantener el vínculo, la única opción es asumir que el problema está en uno mismo.
Lo que hace de lo evidente un evento traumático…es lo sutil.
El evento en sí mismo no define el trauma. Lo que lo define es cómo ha sido vivido. Y en ese cómo, lo sutil tiene un peso determinante. No es lo mismo un evento doloroso sostenido por un entorno que acompaña, valida y repara…que ese mismo evento en un entorno donde no hay reconocimiento, donde no hay sostén, donde no hay palabras.
Como plantea Bessel van der Kolk, el trauma no es solo lo que ocurrió, sino lo que el sistema no pudo procesar, integrar y elaborar.
Lo sutil es más difícil de ver precisamente porque no hay contraste. Es lo cotidiano. Es la normalidad en la que uno crece. Y para poder identificarlo, muchas veces es necesario un otro que actúe como testigo. Alguien que ponga palabras. Que valide. Que ayude a diferenciar.
“Me da cariño cuando lo necesita, no cuando lo necesito…”
Conclusión: soy egoísta.
“Cuando necesito apoyo, no está presente…”
Conclusión: soy una carga.
“Mi madre es mi mejor amiga…”
Conclusión: no puedo decepcionar.
“Siempre apoyé a mi madre…”
Conclusión: tengo que agradar.
“Es tan perfecto…”
Conclusión: soy insuficiente.
Estas conclusiones no son conscientes. No se formulan de manera explícita. Pero operan. Se convierten en creencias, en expectativas, en formas de relación. Como ya señalaba Sigmund Freud, gran parte de nuestra vida psíquica se organiza fuera de la conciencia, pero no por ello deja de dirigir nuestra conducta.
Y aquí aparece otro elemento clave.
Frente a lo evidente, puede haber reparación.
Un evento puede ser reconocido. Nombrado. Explicado.
Ante lo sutil, esto es mucho más difícil.
Porque no se ve.
Porque no se nombra.
Porque no se reconoce como problema.
Y es precisamente la ausencia de reparación lo que sella el impacto.
Lo que fija esas conclusiones internas.
Como apunta Dan Siegel, la integración de la experiencia depende en gran medida de la posibilidad de construir una narrativa coherente. Pero cuando lo vivido es sutil, difuso, difícil de identificar, esa narrativa no se construye. Queda fragmentada.
Y entonces lo que queda no es recuerdo.
Son sensaciones.
Estados emocionales.
Respuestas automáticas.
Patrones relacionales que, muchas veces, resultan desajustados a la realidad actual…pero profundamente coherentes con la historia vivida.
Lo sutil no deja huellas visibles.
Pero deja estructura.
Y es esa estructura la que encontramos en consulta.
No en forma de recuerdos claros.
Sino en forma de cómo la persona se siente…y se relaciona.
Y ahí, lo que durante mucho tiempo fue invisible…empieza, poco a poco, a poder ser visto.
Referencias bibliográficas
- Bowlby, J. (1989). El apego y la pérdida. Vol. 1: El apego. Barcelona: Paidós.
- Winnicott, D. W. (1993). Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Barcelona: Paidós.
- Freud, S. (1923/ed. cast.). El yo y el ello. En: Obras completas, Vol. XIX. Buenos Aires: Amorrortu.
- Van der Kolk, B. (2015). El cuerpo lleva la cuenta: cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Barcelona: Eleftheria.
- Siegel, D. J. (2007). La mente en desarrollo: cómo interactúan las relaciones y el cerebro para modelar nuestro ser. Bilbao: Desclée de Brouwer.
- Schore, A. N. (2003/ed. cast.). La regulación del afecto y la reparación del sí mismo. Madrid: Norton / Psique
- Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. L., & Target, M. (2004). Apego, mentalización y desarrollo del self. Barcelona: Paidós
Dra. Mercedes Fernández Valencia
Psiquiatra y Psicoterapeuta
MIMAPA – Centro de Psiquiatría y Psicología