El psicoterapeuta y la ciencia

El psicoterapeuta y la ciencia

Siempre he pensado que un terapeuta debe poseer una gran apertura mental. No es una virtud decorativa: es una condición de supervivencia clínica. Quien necesita proteger su modelo teórico como si fuera una frontera nacional suele terminar defendiendo más su identidad profesional que el bienestar de sus pacientes.

En los últimos años se ha puesto de moda un deporte curioso: denunciar pseudociencias dentro de la psicoterapia. El problema es que, con frecuencia, lo que se presenta como defensa de la ciencia es simplemente defensa de una escuela concreta y su cuota de mercado. Y la frontera entre ambas cosas no siempre está bien delimitada.

Conviene entonces hacerse una pregunta incómoda: ¿es la psicoterapia una ciencia?

No en el mismo sentido en que lo son la física o las matemáticas. Y cuanto antes lo aceptemos, antes podremos trabajar con mayor libertad intelectual.

Las ciencias naturales aspiran a formular descripciones estables y generalizables de la realidad. La psicoterapia, en cambio, trabaja con configuraciones humanas históricas, relacionales y singulares. No estudia objetos; acompaña vidas.

Esto no significa que la psicoterapia sea arbitraria ni precientífica. Significa que pertenece a otro tipo de conocimiento: una práctica clínica compleja informada por múltiples ciencias —neurobiología, psicología del desarrollo, teoría del apego, lingüística, antropología, teoría de sistemas y filosofía de la mente— pero no reducible a ninguna de ellas.

Karl Jaspers lo explicó con claridad hace más de un siglo al distinguir entre explicar y comprender. Explicar consiste en establecer relaciones causales; comprender implica captar el sentido de la experiencia vivida. La psicoterapia trabaja principalmente en este segundo registro. No opera sólo sobre mecanismos: opera sobre significados.

Confundir ambos niveles no aumenta el rigor científico. Lo empobrece.

Desde la llamada “década del cerebro” se ha consolidado un nuevo clima intelectual en el campo de la psicoterapia. No han aparecido terapias mágicas ni revoluciones repentinas. Lo que ha ocurrido es algo más interesante: intuiciones clínicas antiguas han encontrado por fin un lenguaje neurobiológico capaz de hacerlas visibles para el establishment académico.

Muchas de las actuales terapias llamadas “de abajo-arriba” no nacieron ayer. Janet ya trabajaba con memoria traumática antes de que existiera la resonancia magnética. Ferenczi hablaba de disociación relacional cuando todavía no sabíamos qué era el cortisol. Reich exploraba el cuerpo cuando el cerebro aún se estudiaba en atlas anatómicos.

Lo que ha cambiado no es la clínica. Ha cambiado el permiso para escucharla desde otro marco.

Este nuevo marco descansa, al menos, sobre cuatro pilares difíciles de ignorar.

El primero es la perspectiva evolutiva. Nuestros sistemas emocionales no son errores de diseño: son soluciones antiguas a problemas antiguos. Muchas respuestas clínicas que hoy llamamos síntomas adquieren sentido cuando se comprenden como estrategias adaptativas conservadas.

El segundo es la teoría del apego. Probablemente constituye el puente más sólido entre evolución, desarrollo y experiencia subjetiva dentro del campo psicoterapéutico contemporáneo. Permite comprender cómo la regulación emocional emerge en sistemas relacionales y cómo las alteraciones en estos sistemas organizan gran parte de la psicopatología.

El tercero es la neurofenomenología. La experiencia subjetiva deja de ser un residuo precientífico y pasa a convertirse en un dato legítimo que puede correlacionarse con procesos neurobiológicos. La vieja oposición entre cerebro y vivencia empieza a parecerse más a un malentendido histórico que a un problema científico.

El cuarto es el pensamiento sistémico y complejo. El ser humano no funciona como una cadena lineal de estímulos y respuestas. Es un sistema dinámico abierto, sensible al contexto, al vínculo y a pequeñas variaciones capaces de reorganizar configuraciones completas de funcionamiento.

En este contexto han emergido con fuerza modelos terapéuticos centrados en la regulación emocional, la memoria implícita, el cuerpo y el vínculo. No sustituyen a las terapias anteriores. Amplían el mapa. Y ampliar el mapa nunca ha sido una amenaza para la ciencia; sólo lo es para las ortodoxias.

Todo psicoterapeuta necesita escepticismo. Lo que no necesita es fe de escuela.

La historia de la psicoterapia no es la historia de descubrimientos puros, sino la historia de préstamos mutuos cuidadosamente rebautizados. La exposición conductual tiene antecedentes en procedimientos hipnóticos anteriores al conductismo. El mindfulness fue traducido desde tradiciones contemplativas milenarias al lenguaje clínico contemporáneo. La mentalización surge del diálogo entre psicoanálisis, teoría del apego y cognición social. El EMDR integra exposición, reconsolidación mnésica, regulación emocional e hipnosis clínica. La integración no es una desviación reciente: es el modo habitual de evolución del campo.

Sin embargo, periódicamente reaparecen intentos de presentar modelos parciales como si fueran descripciones completas del funcionamiento psíquico humano. Es comprensible. Toda disciplina joven necesita certezas. Pero convertir una técnica en una ontología suele ser el primer paso hacia el dogma.

En la organización de lo vivo existe una tendencia constante hacia niveles mayores de integración y coherencia. Lo observamos en la evolución del cerebro, en el desarrollo infantil y también en la historia de nuestras disciplinas. Resistirse a este movimiento rara vez mejora el conocimiento, aunque con frecuencia protege identidades profesionales, programas docentes y manuales de tratamiento.

Tal vez la psicoterapia nunca llegue a ser una ciencia dura en sentido estricto. Y probablemente no lo necesite.

Puede aspirar a algo más exigente: convertirse en una práctica clínica rigurosa, integradora y epistemológicamente honesta, capaz de dialogar con la ciencia sin reducir la experiencia humana a un protocolo ni a una variable experimental.

Porque al final el objeto de nuestro trabajo no es un algoritmo. Es una vida. Y quien cree que una vida puede reducirse a un algoritmo probablemente no necesita más ciencia. Necesita más clínica.

 

José Antonio Barbado Alonso

Psiquiatra y Psicoterapeuta

MIMAPA – Centro de Psiquiatría y Psicología en Ourense

 

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