Cultura terapéutica y cultura de coacción. La delgada línea roja

Cultura terapéutica y cultura de coacción. La delgada línea roja

Cultura terapéutica

Desde la sociología y la antropología se está divulgando desde hace tiempo el concepto de “cultura terapéutica”; señalando cómo los psicólogos y los psiquiatras, y lo psicológico y lo psiquiátrico, han invadido todas las costuras de la vida pública y privada. La psicología y la psiquiatría ya no se limitan a describir y estudiar lo observable de la conducta humana, sino que han dado el salto a redefinir la condición humana.

La autora Eva Moskowitz describe este fenómeno social como un “evangelio terapéutico” en tres principios:

  • La felicidad debe ser la meta suprema a alcanzar;
  • Nuestros problemas vienen de causas psicológicas;
  • Los problemas que subyacen a nuestros fracasos e infelicidad tienen “tratamiento”.

Además de ésta, otros investigadores alertan sobre las influencias negativas de esta “cultura terapéutica”.

Una de las señas de identidad de esta “cultura” es la primacía de la subjetividad y de lo emocional. “Es que yo lo siento así” es el salvoconducto que abre puertas y cierra protestas; es el pasaporte que todo lo valida. Aspectos de lo subjetivo son llevados al altar de la excelencia, como el optimismo, lo creativo, la apertura y la espontaneidad…; y otros aspectos de la subjetividad son penalizados y vistos como negativos, como el enfado, la tristeza, la desgana, la protesta, la duda, la timidez.

Al hilo de esta “cultura terapéutica” proliferan los libros de autoayuda, los talleres, los retiros, los coachs televisivos… Los manuales diagnósticos en psiquiatría y psicología no han hecho más que crecer y crecer en el número de diagnósticos, hasta terminar incluyendo un ítem para la “ausencia de trastorno”.

La “cultura terapéutica” impide ver los problemas reales, sociales y políticos, que están en la raíz del sufrimiento humano

Algunas palabras técnicas se han ido banalizando o desvirtuándose, como por ejemplo la palabra “trauma”. Desde esta “cultura” casi cualquier cosa es trauma, y la vulgarización irreflexiva del término está llevando a generaciones de padres a sobreproteger a sus hijos y a dañarles “de más” por evitar ser “de menos”. Con la divulgación de la importancia del apego, del vínculo, se están produciendo fenómenos que caen en la radicalidad y el pie de la letra de los postulados de la crianza con apego, olvidándose que la clave es la música que suena en el interior de cada adulto que cría.

Otro de los avisos de esta corriente crítica señala que este tipo de “cultura” que todo lo psicologiza y psiquiatriza, nos puede impedir ver los problemas reales, sociales y políticos, que están en la raíz de mucho del sufrimiento humano. Además, pueden favorecer la tendencia de la población al victimismo, a la autoconcepción de ser vulnerables y débiles, y a perder el sentido crítico de ciudadanos libres y responsables. Incluso mencionan que esta situación erosiona las bases mismas del moderno estado democrático, al convertirnos a todos en pacientes potenciales de un Estado que ejerce un nuevo control social a base de convertirse en proveedor de terapia y consejos “saludables” para nuestra vida privada.

En este contexto cultural, la terapia se ha convertido en el pivote de esta visión del mundo. Furedi se ha lanzado a llamar a la terapia el nuevo opio del pueblo.

La familia ha perdido su sacralidad pasando a ser el lugar de los horrores en el que todo tipo de abuso puede suceder

En esta “cultura terapéutica” llama la atención la preferencia por la palabra “sanación” que remite a algo impersonal o de autoprovisión que logra el propio sujeto a través de su estilo de vida, frente al clásico “curación” que viene de “cuidar” y que implica la presencia de otro, de una relación que es la que cura. A múltiples intervenciones que responden a modo de entrenamiento, de repeticiones, les llaman tratamiento o terapia. Pero ese término solo es aplicable cuando existe una relación que es lo “terapéutico”.

Por último, se menciona como esta “cultura terapéutica” ha vuelto sospechosas todas las redes en las que se desenvuelve un individuo, particularmente la familia, que ha perdido su sacralidad y ha pasado a ser el lugar de los horrores, donde todo tipo de abusos pueden ocurrir.

Y sin embargo….

Cultura de coacción

“Eppur si muove” dicen que pronunció Galileo ante el tribunal de la Inquisición. Y sin embargo se mueve. Cuando las sociedades se vuelven complejas surge la jerarquía, y con ella el poder. Y donde hay poder, puede haber abuso de poder y, consecuentemente, trauma.

La coacción forma parte de la historia de la humanidad. Siempre hay personas que parecen saber lo que es bueno para los demás; y si tienen poder lo ejercen. Y la coacción no habita solo en los ámbitos institucionales; transita a lo largo de la vida de cualquier individuo en sus intercambios relacionales: en la familia, en la escuela, en la pareja, en el trabajo.

A la psiquiatría y a la psicología les gustan las teorías enrevesadas de intelectualismo. Por el contrario, viene a mi memoria la frase que escuché a John Read, un prestigioso psicólogo neozelandés, que mencionaba un refrán aborigen: “en la vida a veces pasan cosas malas, y a veces, esas cosas malas nos vuelven locos. Y eso es todo”. Y probablemente eso sea todo.

Los estudios que han surgido alrededor del ACE STUDY señalan que más del 60 por ciento del sufrimiento mental es consecuencia del abuso y del trauma. Y que las semillas de todo ese sufrimiento se siembran en los primeros años de vida. Y este sufrimiento, generador de trauma, es interpersonal. Un sufrimiento que surge del uso de la coacción en las relaciones, del abuso de poder.

The British Psychological Society ha publicado, recientemente, una propuesta loable de intentar ofrecer un sistema alternativo a los sistemas diagnósticos y comprensivos clásicos en psiquiatría. La Asociación Española de Neuropsiquiatría lo tradujo y lo publicó el año pasado. Se titula el “Marco de Poder, Amenaza y Significado”; se apoya en presupuestos de la Teoría del Apego, en la moderna Teoría del Trauma y en acercamientos evolucionistas, intentando ofrecer una perspectiva distinta sobre el sufrimiento emocional. Resumen bien sus postulados las preguntas de acercamiento a cada paciente, alejadas del modelo médico tradicional:

  • «¿Qué te ha pasado?» (¿Cómo ha actuado el Poder en tu vida?)
  • «¿Cómo te afectó?» (¿Qué tipo de Amenazas representó?)
  • «¿Qué sentido le diste?» (¿Qué Significado tiene para ti estas situaciones y experiencias?)
  • «¿Qué tuviste que hacer para sobrevivir?» (¿Qué tipo de Respuestas a la Amenaza estás
    usando?)
  • «¿Cuáles son tus fortalezas?» (¿Qué acceso tienes a los Recursos de Poder?)
    y para integrar todo lo anterior: «¿Cuál es tu historia?»
  • Y probablemente eso sea todo.

La delgada línea roja entre la cultura terapéutica y la cultura de coacción

La delgada línea roja es el título una magnífica película bélica de Terrence Mallick, que utilizó para expresar el difícil equilibrio entre la seguridad y el daño en las relaciones y en la salud. Por líneas rojas entendemos los límites que una vez traspasados convierte una situación en insegura, impredecible. Convivimos en una “cultura de la coacción” y existen muchos elementos de lo que se ha mencionado como “cultura terapéutica”. Como sociedad parece que no nos escapamos del penduleo entre contrarios.

La psiquiatría y la psicología se guían por el lema del frontispicio del Oráculo de Delfos, “conócete a ti mismo” y con sus avances van dando pasos clarificadores sobre la condición y el sufrimiento humano. Y el trauma es uno de esos conceptos. Pero es fácil traspasar esa línea roja y banalizar su concepto, y podemos observarlo en esa creciente victimización en la sociedad. Pero trauma no es una reflexión realizada por el propio individuo para definir su estado; no lo decide él, ni tampoco las características del evento vivido; lo traumático es decidido por su sistema nerviosos autónomo, que opera fuera de la conciencia, cuando lo que vivencia le sobrepasa, abruma y colapsa. Eso es trauma. Es un hecho fisiológico, no un asunto sociológico.

No podemos evitar el daño, pero podemos aprender a repararlo.

El ser humano es un animal social. Tiene un largo periodo de maduración que necesita una guía, es la crianza. El ejercicio de la autoridad es imprescindible en este proceso. Pero es fácil atravesar esa línea roja que va de la persuasión y la coacción moral al abuso de poder. Es aquello de Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”. Cooperar y cuidarnos conviven con la amenaza y el daño. Seguramente sea inevitable. Se me ocurre pensar el ciclo del apego: apego—ruptura —reparación.

No podemos evitar el daño, pero podemos aprender a repararlo. Miremos alrededor: ¿Cuánto daño interpersonal, cuánto daño social es reparado? Poco. La reparación suspende las ondas de propagación del trauma, tanto a nivel individual como colectivo. La reparación es un acto consciente, reflexivo, voluntario, adulto.

La crítica a la “cultura terapéutica” debe hacernos reflexionar a los psicoterapeutas. Porque lo que decidamos pensar sobre la condición humana va traer consecuencias sociales. Y debemos darnos teorías que pongan al sujeto en el centro de la ecuación, a un sujeto libre y responsable. Me preguntaría ¿esto que estoy haciendo y diciendo a mi paciente le hace más libre, más dueño de su vida, más responsable de su conducta?

 

Referencias

 

José Antonio Barbado Alonso

Psiquiatra y Psicoterapeuta

MIMAPA – Centro de Psiquiatría y Psicología en Ourense

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