Que nuestros hijos nos se traumaticen...

Que nuestros hijos nos se traumaticen...

La experiencia en sí no es lo que traumatiza

Lo que traumatiza no es el hecho en sí, es la imposibilidad de procesar la experiencia debido a que el imput sensorio-emocional sobrepasa los límites de la capacidad del individuo para su regulación y procesamiento. De hecho, observamos como hechos similares, o ante el mismo hecho, no todas las personas desarrollan síntomas de estrés postraumático.

Lo que hace que una persona desarrolle clínica de trauma es la falta de recursos, personales y/o relacionales, que le ayuden a regular la respuesta emocional, que le ayuden a poner palabras a lo vivido, que le permitan comprender lo sucedido, que validen su experiencia…

Cuando somos niños, los recursos relacionales tienen un peso superior pues carecemos todavía de la capacidad de autorregulación y en estados desregulados las funciones cognitivas están apagadas.

El niño que carece de ese entorno regulador, por ser ausente, porque tiene actitudes negadoras, porque tiende a minimizar el sufrimiento o relativizarlo, o porque son rechazantes, carentes de un mínimo de empatía ante el sufrimiento del otro y tienden a la humillación, o por todo lo contrario, es un entorno preocupado que se desregula frente al dolor del otro…ese niño, en ese contexto, no va a poder contar con los recursos suficientes que le permitirían procesar la experiencia dolorosa y evitar que la misma se convierta en una experiencia traumática.

Así pues, si el hecho, si la experiencia en sí no es lo que traumatiza, debemos replantearnos las medidas que en los últimos tiempos tendemos a implantar con relación a la educación-cuidados de los niños y jóvenes.

Hay una tendencia exagerada a querer evitar que nuestros hijos, alumnos… se traumaticen. No está mal esa pretensión, lo malo son las maneras con las que queremos conseguirlo. Lo hacemos básicamente con la herramienta de la evitación: de la frustración, el dolor, la enfermedad, la muerte…Les hacemos creer en un mundo de felicidad que no es real y además les transmitimos que tienen derecho a esa felicidad y que, de algún modo, la sociedad tiene la obligación de poner los medios para ello.

Vivimos en una sociedad del bienestar mal entendido. Hoy tenemos muchos medios para conseguir ese bienestar, pero es función de cada uno de nosotros el hacer el esfuerzo por conseguirlo. No nos viene dado.

Y el bienestar no es ajeno al sufrimiento.

La sobreprotección está generando una población sin recursos para enfrentarse al sufrimiento, a la enfermedad, a la muerte, a las dificultades…Una población que vive de espaldas a todo esto es una población que no está preparada para la vida y, naturalmente, tampoco podrá alcanzar cotas de bienestar y felicidad. Por el contrario, vivirá la vida con angustia, con miedo, con pánico. Temerán todo aquello que amenace mínimamente su manera de estar en el mundo. Sentirán que se les roba su felicidad. Que son los otros, la sociedad, el estado o el cerebro…los responsables de su sufrimiento. Difícilmente se mirarán dentro. No es posible para ellos que el origen de su sufrimiento esté en ellos mismos, en su dificultad para afrontar la vida. Si piden ayuda, será para que les quiten el sufrimiento. Es injusto sentirse así. No se entiende. Salvo que haya una falla en su cerebro que han de corregir con una pastilla.

Así nos encontramos padres que traen a sus hijos al psiquiatra o al psicólogo para que les quitemos la angustia que ellos mismos no son capaces de sostener. No entienden que sus hijos tengan angustia, cuando tienen de todo, cuando nos les falta de nada. No entienden que es ahí donde está el problema. Tienen de todo, pero carecen de los recursos para afrontar los problemas. Tienen de todo y se les ha hecho creer que tienen derecho a tener de todo. Tienen de todo y se les ha hecho creer que el mundo que se merecen es un mundo feliz, sin problemas. Y claro que tienen problemas. La vida son problemas, no sólo alegrías. Pero eso no estaba previsto. Y no saben cómo afrontarlos. Y cuando llegan a casa, sus padres, que sí saben que la vida son problemas, tampoco pueden entender cómo es posible que no sean capaces de afrontarlos. Se desesperan. Tampoco toleran ver la angustia en sus hijos, cuando ellos han tratado por todos los medios de evitarles el sufrimiento. Así que, por favor, quíteles esa angustia. Y yo me pregunto, dónde está la baja tolerancia a la frustración. En el niño o en el padre que, después de haberse esforzado tanto en que sus hijos sean felices, no los ve felices.

La felicidad: consecuencia de afrontar el sufrimiento

La felicidad no es consecuencia de evitar el sufrimiento. La felicidad es la consecuencia de ser capaz de afrontar el sufrimiento. El bienestar es la consecuencia del esfuerzo, del trabajo diario, de la capacidad de mirar de frente los problemas.

Los niños tienen que ver el sufrimiento, primero de la mano de sus mayores que también sufren y lloran cuando hay que llorar, porque llorar es la consecuencia natural de la pérdida, del dolor.

Los niños tienen que ver y sufrir el fracaso, primero de la mano de sus mayores que también fracasan muchas veces, caen y se levantan, y cada vez que caen aprenden y evolucionan. Porque aprendemos más con nuestros fracasos que con nuestros éxitos.

Los niños tienen que esforzarse para conseguir las metas, primero de la mano de sus mayores que también han conseguido llegar a donde están por el camino del esfuerzo, de la constancia, de la perseverancia, con mucha paciencia.

Así pues, no evitemos a nuestros hijos el sufrimiento, no les evitemos el dolor, la frustración y premiemos el esfuerzo, la perseverancia, la curiosidad, las ganas de aprender, de evolucionar, de explorar…en casa y en la escuela.

La felicidad es una consecuencia, no ha de ser un fin en sí mismo.

La finalidad ha de ser el crecimiento, el conocimiento, el aprendizaje, la capacidad para mirar de frente a la vida. Mirar a la vida de frente es ver la vida con todos sus ingredientes: enfermedad, muerte, dolor, sufrimiento, maldad y también belleza, bondad, alegría, disfrute…

Solo si somos capaces de mirar la vida de frente, sin edulcorantes y sí con herramientas de afrontamiento, evitaremos o seremos menos vulnerables al trauma.

No disfracemos la realidad.

 

Dra. Mercedes Fernández Valencia

Psiquiatra y Psicoterapeuta 

MIMAPA  – Centro de Psiquiatría y Psicología

 

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